Te acuerdas de cuando las webs tenían personalidad en la pestaña del navegador? Ese iconito de 16×16 píxeles llamado favicon. En 2010, poner uno era una odisea que requería la ayuda de servicios externos como el mítico IconJ.
La jugada era genial: subías tu imagen (en mi caso, una mandrágora con cara de pocos amigos), te daban un código, lo pegabas en el código de Blogger antes de la etiqueta <b:skin> y… ¡magia! Tu blog ya tenía su propia banderita digital.
Pero IconJ tenía una cláusula digna de villano de película:
«Si tu blog no recibe visitas en 30 días, borramos el favicon y tu pestaña volverá a ser un desierto gris».
¡Un favicon con fecha de caducidad! Era la tiranía absoluta. Me pasaba las noches entrando a mi propio blog desde el ordenador, el móvil y la consola para simular tráfico, no fuera a ser que mi mandrágora digital muriera por inanición de clics.
Hoy en WordPress subes un archivo en Ajustes y se queda ahí para siempre, aunque no te visite ni tu tía. Hemos ganado en tranquilidad, pero hemos perdido esa maravillosa tensión existencial de mantener un icono con respiración asistida.
